Héctor Villagrán
Profesor de Estudios Latinoamericanos de la Universidad de la Lengua y Cultura de Beijing (BLCU). Director del Centro para Diálogo Civilizacional China-ALC del Centro Mundial de Sinología de BLCU. Máster en Derecho Chino de la Universidad de Tsinghua. Abogado de la Universidad de Guayaquil. Ex Ministro de Transporte y Obras Públicas del Ecuador y Ex Representante de Comercio e Inversiones del Ecuador en China.

La casa editorial Blossom Press, famosa por difundir la historia y cultura de China, mantiene la expectativa de los lectores ávidos por conocer sobre esta nación al incrementar su colección sobre Palabras Claves para Entender a China, con un trabajo completo sobre Dunhuang.
El libro nos lleva en el tiempo a interpretar que no se puede subestimar la importancia de los registros históricos, especialmente cuando nos permiten estudiar y comprender historias que abarcan miles de años. La historia, aunque a veces oscura, impulsa a los historiadores a investigar más, a reconstruir el pasado y ofrecer una imagen clara de períodos en los que la información no se registraba de manera inmediata como en la actualidad.
El hecho de que un libro otorgue un reconocimiento merecido a una población —un lugar clave en la historia ancestral y comercial de este gran país— demuestra la valentía de sus historiadores al buscar la verdad y facilitar que las nuevas generaciones comprendan a sus ancestros: lo que vivieron, lo que debieron enfrentar y aprender, para llegar a ser lo que son hoy. Cada segundo cuenta en la historia de la vida de un pueblo.
El significado detrás de la palabra “Dunhuang”, ubicada en la hermosa provincia de Gansu, en China, encierra una profunda relevancia estratégica dentro de la Ruta de la Seda. “Dun” significa grande, y “huang” significa próspero. Esto nos da la idea de que esta ubicación era la gran puerta hacia la prosperidad china, el punto de encuentro donde convergían las civilizaciones del oeste y del este, intercambiando no solo productos, sino también cultura, experiencias e ideas.
Esta antigua estación clave de la Ruta de la Seda es mucho más que un enclave remoto entre desiertos: representa un cruce de caminos, una confluencia cultural, religiosa y comercial. Su importancia no se limita a su legado tangible —como las famosas grutas de Mogao— sino también a su papel simbólico en la formación del espíritu intercultural del pueblo chino.
Esto se ve reflejado también en lo que el libro describe como el “espíritu” de la Ruta de la Seda, caracterizado por la unidad, la confianza, la equidad y, sobre todo, la posibilidad de un beneficio compartido gracias a la cooperación entre civilizaciones. Hoy en día, podemos observar ecos de ese espíritu en nuevas políticas estatales como “La Franja y la Ruta” o la “Ruta de la Seda Marítima”, que sin duda se basan en las lecciones aprendidas por la sociedad china, y que buscan nuevamente construir puentes de cooperación con el mundo.
Cabe resaltar un aspecto que considero personalmente clave en el estudio de la unificación de culturas ancestrales. El libro documenta algo que emociona a cualquier historiador: Dunhuang y Xinjiang son los únicos lugares en el mundo donde convergen cuatro grandes civilizaciones —la china, la india, la griega y la islámica. Estamos hablando de historia pura. En estos lugares se manifiesta un verdadero globalismo temprano, y vale la pena visitarlos para comprender cómo estos centros lograron unir a los pueblos a través del tiempo.El desierto, lejos de ser solo una barrera, se convierte en un espacio de transformación. La escasez de recursos estimula la creatividad, la cooperación y la búsqueda de lo trascendental.
El libro nos enseña que Dunhuang alberga dos Patrimonios Culturales Mundiales. El primero son las grutas de Mogao, que, con mil años de pinturas y esculturas budistas, son testimonio del impulso espiritual que también puede observarse en los Andes. Revelan una profunda necesidad de conectar lo humano con lo divino, lo terrenal con lo cósmico, a través del arte y la religión. El segundo es la estación postal de Xuanquan, una antigua casa de correos que ofrece una visión concreta de los viajes y el comercio que caracterizaron la Ruta de la Seda.
No podemos olvidar tampoco los caminos que se forjaron. Nos encontramos aquí con el histórico corredor de Yumen, establecido en el año 111 a.C., que recorre el río Shule y pasa cerca de antiguas secciones de la Muralla China construidas durante la dinastía Han. Este corredor, inigualable en historia y significado, está lleno de relatos y acontecimientos que permanecen, muchos de ellos aún desconocidos para el público general.
Detrás de este cruce de civilizaciones, en sus templos y manuscritos, convergen influencias de la India, Persia, Asia Central y China. En sus grutas se han hallado textos en múltiples lenguas —chino, sánscrito, sogdiano, tibetano— y representaciones artísticas que reflejan una mezcla única de estilos.
El libro puede servir al lector latinoamericano para evaluar la propia nueva civilización que se ha formada en nuestra región, por descripción propia del Libertador Simón Bolívar. Este fenómeno tiene un eco interesante en la historia de Sudamérica, particularmente tras la llegada de los europeos en el siglo XVI. Las sociedades sudamericanas también se convirtieron en puntos de fusión entre culturas: indígenas ancestrales de origen asiático, europeas, africanas y medio oriente se entrelazaron en procesos complejos y profundos. La diferencia fundamental radica en la naturaleza del intercambio. Mientras que en Dunhuang el intercambio fue en gran medida comercial y religioso, en Sudamérica la colonización se impuso con violencia y asimilación forzada. Aun así, ambas regiones nos ofrecen valiosas lecciones sobre resiliencia cultural. Tanto los pueblos del oeste de China como los pueblos latinoamericanos de los Andes y la Amazonía desarrollaron formas únicas de resistencia simbólica mediante el arte, la lengua y la espiritualidad.
La lectura de este libro me ha permitido recordar una experiencia que ocurrió hace más de diez años. Tuve la oportunidad de visitar la provincia de Gansu, y fue una experiencia única. Desde la comida, pasando por la amabilidad de la gente, hasta la conexión que sentí con la cultura, todo fue inolvidable. Durante esa visita, recorrí un templo budista, hermoso tanto por contenido espiritual como por su arquitectura. Allí me acerqué a un monje, quien con gran sabiduría me enseñó la importancia de los procesos y de las fuerzas opuestas. Me explicó que cuando dos fuerzas poderosas como el tigre alado y el dragón se enfrentan, no puede haber un ganador. Estas fuerzas deben trabajar en conjunto para alcanzar el objetivo supremo: la unión de los seres humanos en la Tierra.Esta es mi reflexión tras la lectura de este libro. Espero escuchar la suya.