Aymara Gerdel

Directora del Centro Venezolano de Estudio sobre China (CVEC), Directora del Centro de Investigación Comunidad de Futuro Compartido China-Venezuela, Profesora de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad Central de Venezuela (UCV) y de la University of International Business and Economics de China (UIBE), es miembro de la Red Académica Internacional para una Comunidad de Futuro Compartido promovida por el Instituto para una Comunidad de Futuro Compartido de la Universidad de Comunicación de China. Es Candidata a PhD en Public Policy de la School of Government de la UIBE, también es Magister en Economía de la UIBE, Especialista en Gobierno y Políticas Públicas de la Facultad de Ciencias Políticas y Jurídicas de la UCV y Licenciada en Ciencias Estadísticas de la Escuela de Estadística y Ciencias Actuariales de la UCV.

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El primer año de gobierno de Donald Trump se ha caracterizado por una profunda polarización, la aplicación de una agenda nacionalista y populista, y la materialización de cambios geopolíticos que buscan redefinir el papel de Estados Unidos en el mundo priorizando sus intereses nacionales de forma unilateral, desafiando las normas políticas establecidas y desconociendo el derecho internacional.

Un fenómeno que el ideólogo ruso Alexander Duguin ha denominado «La Revolución Trumpista». Según Duguin, este movimiento representa una revolución conservadora tanto en Estados Unidos como a nivel global, que reacciona contra el liberalismo y el globalismo, con el objetivo de redefinir la política estadounidense y reconfigurar el equilibrio de poder mundial.

«La Revolución Trumpista» rechaza la agenda globalista que hasta ahora ha caracterizado a Estados Unidos y atribuye a sus propios sectores globalistas la responsabilidad de haber facilitado el ascenso económico de China. Esto convierte a China en el principal adversario, no solo por ser su competidor clave en los ámbitos económico, financiero y tecnológico, sino también por su influencia en la economía doméstica estadounidense.

La ideología de este movimiento sostiene que la externalización de la producción industrial al sudeste asiático -en busca de mano de obra barata- ha debilitado la base industrial de Estados Unidos y mermado su soberanía económica, generando una peligrosa dependencia de potencias extranjeras, especialmente de China.

En este contexto, los Trumpista consideran que Rusia pierde prioridad como objetivo geopolítico, pasando a un segundo plano. Al mismo tiempo, mantienen una visión favorable de India, tanto dentro como fuera de Estados Unidos, y aspiran a posicionarla como el nuevo centro mundial de manufactura industrial, reemplazando el rol que hasta ahora ha ocupado China.

La Revolución Trumpista y el desacople

Uno de los ejes centrales de la Revolución Trumpista es el «desacople»: se trata de la desconexión progresiva de los sistemas económicos, políticos, culturales y tecnológicos que se integraron durante la era de la globalización.

Esta estrategia busca restablecer una supuesta soberanía nacional y contrarrestar la influencia de las élites globalistas. Además, el desacople se presenta como una respuesta a la crisis de la globalización, que ha generado una dependencia excesiva de las estructuras supranacionales.

En el plano tecnológico, Duguin identifica un giro hacia la autonomía estratégica estadounidense, buscando desvincular las cadenas de suministro, la tecnología y los mercados.

“La Revolución Trumpista” rechaza la agenda globalista estadounidense y responsabiliza a sus propios globalistas del milagro económico chino, lo que convierte a China en su principal enemigo, ya que es su principal competidor económico, financiero y tecnológico, y cuenta con una importante presencia en su economía doméstica.

Esta compleja relación se pone de manifiesto en las cifras del intercambio bilateral entre Estados Unidos y la República Popular China, las cuales reflejan un aumento notable en los últimos años, al mismo tiempo en que se profundizan las tensiones geopolíticas.

Cifras oficiales de la Administración General de Aduanas de China (GACC), revelan que, en 2024, el intercambio bilateral creció un 3,7 % interanual, alcanzando los 688.280 millones de dólares (el 11,2 % del comercio total de China con el resto del mundo), mientras Estados Unidos acumulaba un déficit comercial récord de 361.032 millones con el gigante asiático.

Estos datos, lejos de respaldar el esperado desacoplamiento prometido por Trump, exponen un complejo sistema de interdependencia estructural, donde China no solo domina eslabones claves de las cadenas críticas en la fabricación de tecnología de última generación, como por ejemplo: la industria de semiconductores, chips y desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA), sino que también financia parte de su deuda pública, acoplando las economías de ambos países en un delicado equilibrio que se debate entre la cooperación y la confrontación.

Competencia entre potencias económicas

En un contexto de competencia entre potencias económicas, la creciente tensión entre Estados Unidos y China revela dos proyectos antagónicos de modernización para el siglo XXI. 

China promueve la materialización de la modernización socialista para 2035 y propone la “Iniciativa para la Gobernanza Global de la Inteligencia Artificial” con el fin de promover la cooperación internacional y establecer un marco ético para el desarrollo de la IA a escala global. Por su parte, Estados Unidos promueve la “Estrategia de Desacople”, que se centra en reducir la dependencia económica y tecnológica de Estados Unidos respecto a otros países mediante sanciones económicas y presión política. Con esta estrategia, Estados Unidos busca preservar su seguridad nacional y autosuficiencia.

Como es evidente, ambas estrategias reflejan enfoques diferentes para abordar los desafíos de la era digital: Pekín impulsa la cooperación, mientras que Washington apuesta por el desacople. En consecuencia, la creciente tensión tecnológica no es solo una lucha por la primacía, sino la materialización de una disputa filosófica más profunda entre una modernización que se proyecta a través de la cooperación multilateral y otra que se construye mediante la reafirmación unilateral de la supremacía estadounidense.

El dilema del Sur Global

Frente a la estrategia de desacople liderada por Estados Unidos, el Sur Global se enfrenta a preguntas cruciales que definirán su futuro: ¿cuál será su propio proyecto de modernización en este siglo XXI?, ¿cuál debe ser su papel en esta reconfiguración?, ¿se trata de un conflicto bipolar que se agota en la rivalidad entre China y Estados Unidos o es el síntoma de un cambio más profundo?  Y, fundamentalmente, ¿no corre el riesgo esta estrategia de ampliar las brechas tecnológicas y de consolidar una nueva dependencia para los países en desarrollo?

Para responder a estas preguntas. En primer lugar, es necesario comprender que la estrategia de desacople no se limita a una pugna bilateral. En esencia, representa un intento de redefinir los términos de la gobernanza económica global. Aunque la materialización de esta estrategia parece improbable a corto plazo debido a la profunda interdependencia económica entre ambos países, ya está afectando a sectores críticos y de alta soberanía, como el de los semiconductores y la IA. Lo que presagia transformaciones estructurales.

En segundo lugar, lejos de ser un fenómeno neutral, este proceso agravaría las asimetrías del Sur Global -en particular, en África y Latinoamérica-, al forzarlo a adoptar estándares tecnológicos polarizados -chinos u occidentales- bajo el riesgo de sanciones. Ante esto, la respuesta no puede ser pasiva.

El Sur Global debe trascender su papel periférico, fortalecer la integración Sur-Sur y construir cadenas de valor autónomas y resilientes mediante alianzas como los BRICS. También debe participar de forma soberana en los nuevos grandes proyectos de infraestructura y gobernanza, desde la Iniciativa de la Franja y la Ruta hasta la definición de los marcos éticos y técnicos de la inteligencia artificial.

El objetivo final es claro: dejar de ser espectadores de un orden diseñado por otros y pasar a ser actores estratégicos en la construcción de un orden multipolar capaz de crear cadenas de valor autónomas que cierren brechas y prioricen los intereses del Sur Global.

En definitiva, la Cuarta Revolución Industrial está en marcha y China la lidera mediante una modernización sin precedentes de estilo chino, la mayor que haya conocido la humanidad, que es socialista, está liderada por el Partido Comunista de China (PCCh) y se espera que se materialice en 2035.

Los países del Sur Global debe ser parte de la Cuarta Revolución Industrial y actores estratégicos en este proceso de modernización socialista que transformará a la humanidad en la próxima década.

Por CVEC

El Centro Venezolano de Estudios sobre China (CVEC) es el primer y único centro de investigación dedicado exclusivamente a los estudios sobre China dentro de la República Bolivariana de Venezuela. Fundado el 13 de junio de 2017 por jóvenes profesores e investigadores provenientes de la Universidad Central de Venezuela, el CVEC ha planificado desde su creación, la conformación de un equipo de investigadores provenientes de distintos espacios intelectuales y profesionales, cuyas capacidades de análisis y comprensión sobre las realidades que configuran el mundo de hoy y del futuro coincidieran en esta instancia de gestión académica e intelectual.

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